El entorno es importante
Cuando hablamos de prevención de suicidio, la pregunta que nos hacemos generalmente es “cuáles son las señales de alerta” o “con qué herramientas contamos”. Sin embargo, hay otro aspecto que quizás pasa más desapercibido: ¿cuál es nuestro rol como padres y docentes en el acompañamiento a adolescentes y jóvenes?
La prevención no comienza cuando aparece una crisis ni cuando detectamos una señal de alarma, cuando un adolescente se encierra, cambia su conducta o expresa un sufrimiento evidente. La prevención empieza mucho antes. Empieza, incluso, desde antes de que un niño nazca.
El entorno en el que una persona se desarrolla importa. Desde el inicio de la vida, necesitamos ambientes cuidados, vínculos disponibles, adultos presentes.
Aún así, sabemos que no todos los niños nacen en las mejores condiciones. En la escuela muchas veces nos toca acompañar alumnos que crecieron en contextos vulnerables, atravesados por situaciones de abuso, violencia doméstica, negligencia o vulneración de derechos. Nada de eso determina un destino inevitablemente oscuro. Sí establece algunos condicionamientos, pero ninguna historia está escrita de antemano.
Por eso, mamás, papás, docentes y adultos significativos tenemos una tarea concreta: promover aquellos ambientes que favorecen el desarrollo. ¿Cómo podemos facilitar entornos que promuevan capacidades cognitivas, emocionales y sociales?
Ser base y refugio
Cuando hablamos de prevención y fortalecimiento de salud mental, la variable más significativa es la posibilidad de que un adulto pueda ofrecerse como base segura.
Seamos base segura y refugio para niños, niñas y adolescentes.
Ser base significa ser ese lugar desde donde un niño puede salir a explorar el mundo. Es como un portaaviones: allí se carga combustible, se revisa lo mecánico, se prepara todo lo necesario. Pero la finalidad del portaaviones no es retener al avión. Su misión es ser base para que el avión pueda salir. Eso mismo necesitan nuestros hijos y alumnos.
Los niños y adolescentes no necesitan adultos que los inmovilicen por miedo o que los sobreprotejan al punto de impedirles crecer. Necesitan adultos que estén presentes, que preparen, acompañen y habiliten la exploración. Hoy, paradójicamente, muchas veces sucede lo contrario: sobreprotegemos en el plano físico porque tenemos miedo —y es verdad, el mundo tiene riesgos—, pero al mismo tiempo desprotegemos en el entorno digital.
Cuidamos dónde van, con quién salen, cómo se trasladan... pero muchas veces dejamos que pasen horas solos con un teléfono y nos quedamos tranquilos simplemente porque sabemos que están dentro de casa. Y solos no significa solamente estar físicamente solos. Solos significa no estar conversando con mamá, con papá, con ese adulto de referencia. No estar siendo mirados, escuchados, acompañados.
Lamentablemente, en la actualidad compartimos menos tiempo —en cantidad y en calidad— con nuestros hijos. En la adolescencia empiezan a verse los resultados de la base que se construyó durante toda la crianza. Allí aparecen, muchas veces, los efectos de esa ausencia: aumento de violencia, padecimientos de salud mental, dificultades para regular emociones, conductas de riesgo.
Los adolescentes necesitan que los adultos también sepan ser refugio. Para eso hacen falta dos cosas: sensibilidad y disponibilidad.
A veces los adultos hablamos más de lo que escuchamos, queremos enseñar, corregir, aconsejar, advertir, pero muchas veces lo que más necesitan no es una respuesta. Es alguien que escuche. Ser base implica acompañar activamente su exploración del mundo. Ser refugio implica estar disponibles cuando quieran o necesitan volver, cuando algo les pasa (y siempre, a los adolescentes, les pasan cosas). Por eso, como padres y como docentes, necesitamos observar, demostrar interés, escuchar con atención.
El rol irremplazable de los docentes
Durante la adolescencia cambian muchas referencias. Los padres dejan de ser el único centro, y otros adultos empiezan a ocupar un lugar importante. Ahí los docentes pueden convertirse en algo profundamente valioso: tutores de resiliencia.
Un tutor de resiliencia es ese punto de apoyo externo que ayuda a que el adolescente pueda desplegar una capacidad interna, la de salir fortalecido de situaciones difíciles. A veces un comentario, una mirada, una escucha genuina, una conversación pueden marcar una diferencia enorme. No porque el docente tenga que resolverlo todo, sino porque puede convertirse en ese adulto disponible.
En las escuelas, especialmente en secundaria o bachillerato, existe una tensión real entre la urgencia de los contenidos y la realidad emocional de los alumnos. Pero quizás una de las claves esté justamente ahí: no solo enseñar contenidos, sino desarrollar capacidades: enseñar a trabajar en equipo, a dialogar, a expresarse, a participar, a poner en palabras lo que sienten.
Muchos docentes cuentan que cuando empiezan a trabajar espacios como los que habilita el proyecto Desafíos, comienzan a aparecer conversaciones profundas. Los chicos hablan, surgen temas y preguntas, ya que necesitan expresarse, participar activamente y sentirse escuchados.
La prevención es una tarea comunitaria
El trabajo de prevención no consiste solamente en advertir señales de alarma. Creer que siempre vamos a detectar una conducta de riesgo es un error. Muchos adolescentes pueden presentar señales de malestar y no necesariamente desarrollar conductas suicidas. Otros pueden no mostrar señales visibles y estar atravesando un sufrimiento profundo.
Por eso, la prevención no empieza cuando intentamos detectar, sino mucho antes. Empieza cuando construimos vínculos donde un adolescente sabe que, cuando esté abajo de la nube negra, puede contar con nosotros. Si ellos saben que estamos disponibles, lo más probable es que busquen ayuda, que hablen, que contacten a un profesional, que recurran a un adulto significativo.
Por otra parte, no alcanza con cuidar solamente a “los propios”. Cuidamos a nuestros hijos, sí, pero también cuidamos a los hijos de otros. Hacer comunidad es el desafío.
Nos cuidamos entre todos.
La prevención del suicidio, de la violencia y de tantas otras problemáticas no puede pensarse solamente desde lo individual, es necesario plantear estrategias comunitarias. ¿Por qué? Porque nuestro hijo, aquel a quien queremos cuidar individualmente, no vive en una burbuja. Vive inmerso en una red de influencias, invitaciones, riesgos y oportunidades. Por eso el acompañamiento en la adolescencia tiene que ser comunitario. Si somos muchos adultos disponibles, siempre habrá alguno para ese adolescente que necesite apoyo.
Muchas veces, más importante que lo que tenemos para decir es estar disponibles para escuchar.
En la prevención del suicidio hay muchas variables que no podemos controlar, pero hay una sobre la que sí podemos incidir profundamente: la forma en la que nos presentamos frente a ese niño, niña o adolescente. Podemos elegir ser base, ser refugio, escuchar, estar disponibles, mirar. Ese compromiso, tanto desde el aula como en los hogares, puede salvar vidas.